domingo, 15 de septiembre de 2013
Jean Rouch
He visto hace poco otra vez "La chasse au lion à l´arc". Recuerdo la primera vez que leí sobre Rouch (La foto es de Serge Hambourg, tomada en el 2001). Entonces, en la universidad, era prácticamente imposible hacerse con las películas del cineasta-antropólogo y había que conformarse con lo que uno iba leyendo aquí y ahí sobre cómo la verdadera Africa latía en sus obras. Como en todo lo demás, internet ha hecho posible lo que nos parecía imposible. Bastan algunas destrezas más o menos legales -las destrezas son más útiles cuanto menos legales, siempre ha sido así- y voilà puede uno verlo casi todo cómodamente en casa y volver a maravillarse del respeto con el que los cazadores tratan a los leones, a los cadáveres de los leones, los cazadores presentados como ejecutores de algo más grande que ellos mismos. El anti-nihilismo de un ritual que no exige transcendencia alguna, que es pura inmanencia. Y la muerte, la muerte siempre tan presente en todas partes, como el único, el verdadero mal espíritu. Los animales mueren de modo terrible y piensa uno que, acaso, todo el esfuerzo humano consista en el fondo en ofrecernos al menos y con algo de suerte, la posibilididad de una muerte dulce.
lunes, 29 de abril de 2013
La izquierda española
Entre los múltiples vicios a los que la distancia (iba a decir el exilio, pero ya está bien de hipérboles) me va habituando, seguir las tertulias televisivas en diferido no es precisamente el menos dañino. Frecuento las de la derecha menos maquillada, dan más ganas de intervenir, la indignación y el cabreo son también una forma de sentirse vivo. El otro día invitaron a Pablo Iglesias que, como su nombre indica, es "del otro lado". Lo invitaron para reirse de él, como suelen hacer en esos sitios, el viejo truco, con la coartada de la pluralidad y la libertad de expresión, invitan aun uno o dos pesos ligeros de pemsamiento más o menos "progre" y los muelen a palos, se los meriendan. El problema es que el invitado les salió rana, rana carnívora y les mordía.Siente uno una sensación extraña al ver a gente de izquierdas en la tele, de lo que (dicen) fue la izquierda. Gente en la tradición de los Sartre y los Cohn-Bendit, gente a los que uno puede muy bien imaginarse sobre el techo de un auto con un megáfono, enardeciendo a las masas con consignas bien formuladas, con discursos en los que de verdad creen y que por eso no suenan huecos. Jiménez Losantos, que proviene de esa izquierda y, aunque no se sube a ningún techo, lleva años chillando con un megáfono, se encontró en Iglesias -que es profesor de políticas y presume de currículum a la que puede- con la horma de su zapato y tuvieron un intercambio de opiniones de lo más sugestivo. Lo que sacamos en claro fue lo que ya intuíamos, que la llamada oficialmente izquierda, la que sale en los medios de comunicación, es una excusa para no enseñar la otra, la de verdad, la que da miedo. Ahora, como la cosa se está hinchando, parece que hay un cierto público para esta izquierda que viene de las trincheras, que mira a la cámara a los ojos, habla de nacionalizaciones y de que se cumplan de una vez la leyes y (¡por eso!) mete miedo al personal. Incluso si uno no está muy de acuerdo con sus propuestas más o menos populistas, aunque solo sea por escuchar a alguien que se dice de izquierdas hablar correctamente usando subordinadas, la verdad es que el cambio se agradece
sábado, 5 de enero de 2013
La entrevista a Hermida
Yo, como la mayoría de españoles, no tengo nada que hacer. Por eso y algunas otras cosas más, me paré el viernes pasado delante de la televisión para ver la entrevista que le hicieron a Hermida en lo que parecía el despacho de su casa. Hermida, con eso que se ha dado en llamar su “inconfundible estilo”, no solo salió airoso del envenenado envite sino que vino a darnos la razón a todos aquellos que siempre lo hemos tenido por un referente, un faro de la España de hoy, de ayer y de siempre. Sus respuestas circunspectas y bien trabadas, sus argumentaciones, la deferencia casi obsequiosa con la que trataba a su entrevistador, haciendo que éste apareciera a los ojos de un espectador poco atento más importante que el entrevistado en ocasiones su, en definitiva, “savoir faire”, le han catapultado con todo merecimiento hacia la gloria plasmática y catódica. Esa entrevista quedará como una referente en la memoria de todos los que tuvimos la suerte de poder seguirla en directo y pondrá de una vez y para siempre en su sitio a todos aquellos que, por envidia o motivos aún más espurios, le han venido criticando desde que decidió alejarse de la luz de los focos. Es cierto, ¿para qué negarlo?, que Hermida tiende al engolamiento y a una cierta afectación en su retórica y también es de justicia admitir que tratar al entrevistador de “vuestra majestad” no deja de ser una hipérbole galante más propia de otros tiempos, pero en su dominio de la escena Hermida puede permitirse lo que, en boca de otros, no dejaría de ser una extrema ridiculez. En él no, él siempre da la talla, ya sea narrando los paseos de Amstrong por la luna, las noticias del telediario nocturno o las ocurrencias más disparatadas de los neoyorquinos. Hermida nunca nos defrauda. Lo que no logro recordar es el nombre del periodista que le entrevistaba.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

