
Supongo que la alternativa eran las barracas del Carmelo o del campo de la Bota, las Casas Baratas, el barrio de La Trinidad, Montjuic... acabaron en el barrio de la Salud, entre Llefiá y Artigas, en un terreno vago antes de llegar a Badalona. Era aquella casa primera un lugar oscuro que tenía algo de madriguera. La puerta de entrada daba directamente a la calle, sin pasillo ni zaguán alguno, quedando uno o dos escalones por debajo de ésta, y mis recuerdos fragmentarios incluyen un patio luminoso de tierra al fondo de un corredor, y una cocina destartalada con apenas agua corriente. No sé qué hay de verdad en esos recuerdos, qué mezclo con qué al evocarlos. No sé siquiera si llegué a vivir allí o si todo lo que conservo son las imágenes de las visitas posteriores. Luego y por poco tiempo, vendría la casa de la avenida de Alfonso XIII, también compartida e incómoda.
Pero sí guardo un recuerdo claro de la calle Iquique. El piso alquilado que consideré por primera vez "mi casa". Era la puerta de la derecha del primer (y único) piso. Uno entraba casi directamente en el salón. A la derecha quedaba la cocina, alargada y estrecha, con apenas luz y al fondo de ésta un lavabo-lavadero del que guardo ingrata memoria. Frío, oscuro, húmedo, lo asocio con suciedad y amenaza y miedo a las arañas, algo que prefiero no recordar. Luego una minúscula habitación, con la vieja televisión Zenith, en la que ví la estupefaciente e inolvidable historia del León-Cordero Lambert, una Navidad de finales de los 60. Creo que fueron las primeras imágenes proyectadas que me emocionaron.
En la pared opuesta del salón estaba la habitación de mis padres, pintada de azul más o menos celeste y amueblada en esa especie de formica inevitable a la idea de interiorismo de mi familia. Recuerdo siempre periódicos en el suelo, al lado de la cama, una costumbre que ahora yo también tengo. Mi padre leía entonces un periódico que acabaría quebrando y que tenía nombre de periódico de tebeo: "El Noticiero Universal" (diario de la tarde). Usaba la abreviación "Noti" para referirse a él. Durante años supuse que "Noticiero" y "Periódico" eran sinónimos.
Me gustaba por dos motivos infantiles, su pequeño formato y las letras de su cabecera, que eran letras de película del Oeste, las mismas que se usan para escribir "Saloon" o "Fort Randall". Era una cosa muy rara, en efecto.
Al fondo del salón, a la derecha, estaba mi habitación. No quisiera equivocarme, pero me temo que no tenía ventanas. La recuerdo negra como la boca del lobo y tengo todavía muy clara en la memoria la cama en la que dormía con una colcha a cuadros azules y blancos, y una pequeña flor bordada en el centro de cada cuadro. Recuerdo también que a menudo había poblemas con la lámpara, quizás por eso asocio mi habitación a la oscuridad.
El último espacio colonizado por mi infancia es del que tengo mejor recuerdo. La enorme terraza que había sobre la casa, siempre soleada. A veces subía para ver llegar a mi padre del trabajo, otras era para acompañar a mi madre a tender la ropa o hacer la colada. Pero la terraza significaba sobre todo un espacio de infinito juego. Desde ella lancé innumerables paracaidistas que a menudo se enredaban en los cables del teléfono que siguen estando ahí, a dos metros del edificio. Luego, sus cuerpos de plástico quedaban colgados durante semanas o meses frente a la ventana, inalcanzables, a menos de tres metros de mi angustiada mirada, reprochándome con heroísmo su hazaña baldía.
Ayer a media tarde fuí a echar un vistazo y hacer unas fotos. Ahí sigue ella y aquí sigo yo, ambos 40 años más viejos. No había fantasmas, sólo dos contenedores de basura, puestos con mucha mala leche o incompetencia (es lo mismo, la incompetencia es la mala leche del destino) frente a la puerta de entrada. “El hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo…”