domingo, 27 de marzo de 2011

Orage

El cambio en la luz, el viento repentino, anuncian la tormenta. Hay un olor eléctrico en el aire y el agua, que debe limpiarlo todo, comienza a caer con un tableteo rítmico en el suelo del balcón, en los cristales oblícuos de las ventanas entrabiertas, en el asfalto grisáceo tres pisos más abajo. Siento un inexplicable impulso de salir de mi resguardo y ponerme bajo la lluvia. ¿De qué mugre debo yo deshacerme?¿Qué quiero que se lleve el agua?¿O más bien espero fundirme con ella y luego desaparecer, evaporarme para siempre con el calor temperado de la tarde, cuando el sol salga de nuevo para otros?

jueves, 17 de marzo de 2011

Westhausen


Ernst May diseñó esta "Siedlung" durante el turbio final de los años 20 y el aún más turbio comienzo de los 30. La idea, puro Bauhaus, era proveer a las clases trabajadoras de condiciones dignas de habitabilidad, ofrecer algo suceptible de ser llamado "hogar" a aquellos que nunca habían soñado con tenerlo. "Siedlung" puede traducirse defectuosamente como "asentamiento" y May, como director de urbanismo del ayuntamiento de Fráncfort del Meno, edificó varias de esas "Siedlungen" y mejoró las condiciones de vida de miles de familias humildes. Todo quedaría luego ensombrecido por la marea parda. En 1930, por invitación del gobierno comunista y oliéndose lo que se avecinaba, se trasladó a la Unión Soviética con prácticamente todos sus colaboradores. Los conocían como la "May Brigade", también como la "Bauhaus Brigade". La crítica más frecuente que se hacía a sus proyectos, en consonacia con la delirante megalomanía Stalinista, era la "falta de pretensiones". No fue hasta diez años después de la guerra cuando empezó a valorarse en justicia la figura del arquitecto y urbanista, y la magnitud de la empresa acometida con la creación del llamado "Nuevo Fráncfort". May se adecuó a los tiempos y volvió a Alemania, tras haber construido en Kenia y pasar dos años en un régimen de internamiento impuesto por los británicos en Sudáfrica. Se radicó en Hamburgo, donde realizó aún varios proyectos memorables. El azar, al que siempre aterra reconocer como el piloto ciego de nuestras vidas, ha querido que yo deba atravesar a pie cada día una de esos legendarios emplazamientos francfortianos. Al hacerlo pienso a menudo en ese hombre de singular destino, cuyo rostro ignoro. Caminar por los senderos de Westhausen nos proporciona una modesta dicha, una dicha "sin pretensiones", es atravesar a pie la historia del urbanismo humanista del siglo XX.

lunes, 14 de marzo de 2011

La amistad de las mujeres



La amistad, como la inteligencia, es una distancia, una distancia justa. La sexualidad conspira contra las distancias. El cálido gesto entre mujeres, la proximidad física, el desinhibido contacto fugaz o casual, son gestos cotidianos en el trato entre ellas. Siempre los he visto como un misterio y siempre me ha fascinado en secreto. La necesidad de tocarse mutuamente, la necesidad de hacer desaparecer la distancia, de que prevalezca "el sentimiento", que acaba siendo un acto físico, un transpasar una frontera más o menos vedada. Y la pasmosa naturalidad con la que algunas lo hacen.

domingo, 6 de marzo de 2011

Película



He salido esta mañana al balcón y he visto que están rodando una película en mi calle. Siempre llama la atención de los rodajes el enorme despliegue de medios técnicos que se necesita para conseguir unos resultados bien modestos. Solamente el montaje y puesta en marcha del "Grip" ha durado media mañana. El rodaje, para una teleserie nada memorable, no más de veinte minutos. Los actores han llegado en un coche, cuando todo estaba ya listo, han salido abrigados como esquimales, han correteado por la calle para calentarse, luego se han concentrado un par de minutos y la cámara los ha seguido mientras caminaban por la acera y atravesaban la calle unas cinco veces. Y eso ha sido todo. Luego se han vuelto a montar en el coche y han desaparecido. Durante todo el proceso no he visto ni un sólo espectador, ni siquiera en las ventanas más cercanas. Cuando el azar permite echar un vistazo a la tramoya, siempre se queda uno sin saber bien qué decir, como si hubieramos esperado otra cosa.