
El cambio en la luz, el viento repentino, anuncian la tormenta. Hay un olor eléctrico en el aire y el agua, que debe limpiarlo todo, comienza a caer con un tableteo rítmico en el suelo del balcón, en los cristales oblícuos de las ventanas entrabiertas, en el asfalto grisáceo tres pisos más abajo. Siento un inexplicable impulso de salir de mi resguardo y ponerme bajo la lluvia. ¿De qué mugre debo yo deshacerme?¿Qué quiero que se lleve el agua?¿O más bien espero fundirme con ella y luego desaparecer, evaporarme para siempre con el calor temperado de la tarde, cuando el sol salga de nuevo para otros?
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