miércoles, 12 de febrero de 2014

Janus

       Lo que llamamos "política" tiene, al menos, dos caras. Una se manifiesta en las ruedas de prensa, en los programas electorales, en las declaraciones públicas, en los congresos de los partidos, en los acuerdos o documentos firmados, es lo que podríamos denominar "política pública". Está pensada fundamentalmente para el "demos" y es la cara más o menos amable del tinglado. Nuestras, así llamadas, democracias, viven en esencia de esa cara y de su transmisión a través de los medios de comunicación. Incluso ahí, en esa "política pública", pueden hacerse distingos y, en los sistemas más ajustados, el cinismo tiene sus límites. Por desgracia España, no se homologa con otros países más solventes, aquí seguimos haciendo "política pública" de trazo grueso, manqué de finesse por decirlo así. Por eso aquí no dimite nadie.
     Pero hay otra cara, la que componen los servicios secretos, los chantajes, las puñaladas entre camaradas del mismo partido, las luchas de poder a muerte en las que no se conocen reglas ni bandos pues cada uno es del suyo. Esa otra cara, la "política privada" por así decirlo, va desde el soborno a un concejal hasta el asesinato, virtual o real, del adversario.
      No es posible separar esas dos maneras de hacer política, del mismo modo que no es posible hacer una moneda de una sola cara. Muchas confusiones en las, así llamadas, tertulias, provienen de no hacer claramente esa distinción. El cortocircuito se produce a menudo cuando se cruzan los dos ámbitos y se confunden los límites de ambas. La "política privada" no tolera la luz, la "política pública" vive y se alimenta de ella. La "política privada" anida en los (buenos) libros de historia, la "política pública" florece en las tertulias y en las columnas de opinión de los periódicos. La "política privada" la conocen unos pocos, los insiders, la "política pública" es rancho para las masas, el fast food de lo que se ha dado en llamar "opinión pública" y que no siempre coincide con "opinión publicada".