miércoles, 28 de septiembre de 2011

Smiley


Siempre me he imaginado a Smiley como alguien un poco parecido a  Henry Kissinger, no tengo idea de por qué. George Smiley aparece en cinco novelas como protagonista y en tres con papeles secundarios pero más o menos relevantes. Aunque su biografía sufre de alguna que otra inconsistencia, su apariencia física y los rasgos de su carácter, ambos anti-Bond, permanecen siempre inmutables. Se le describe como con pintas de "jefe de negociado" o, más cruelmente, de "rana con gabardina", como "estafado por su sastre", etc. Su aspecto físico es más o menos el de un cincuentón gordezuelo y gris vestido con ropa cara mal cortada, que se ocupa de tareas administrativas soporíferas en algún oscuro rincón de Picadilly, entre archivadores, mesas de despacho y eficaces secretarias asexuadas. Los retratos de su aspecto y maneras que encontramos no pueden ser más desoladores ni, por tanto, más elogiosos. Miss Brimley, al principio de "Un asesinato de calidad", es quizás la que mejor resume el secreto de Smiley:  "the most forgettable man she had ever met" o sea "el hombre más fácil de olvidar que  había conocido"
A George Smiley lo han interpretado en el cine James Mason, con su distante elegancia de general de la Wehrmacht, Denholm Elliott, pasmado como siempre, el avinagrado Alec Guinness (famosamente) y por último y al parecer muy bien, aunque tengo que verlo para creerlo, Gary Oldman. Ni Mason, Ni Oldman, (Elliott un poco, lo admito) ni, sobre todo, Guinness tienen rostros o maneras fáciles de olvidar. Son actores que incluso en papeles secundarios llenan la pantalla y dejan a menudo en nosotros un recuerdo más vívido que el protagonista.
La fama le llegó a LeCarré en el 63, con la publicación de su tercera novela. En ella Smiley tiene un pequeño pero importante papel. Martin Ritt, el de la "Blacklist", la adaptó al cine dos años más tarde y fue un exitazo con Richard Burton de protagonista. Pero quien interpretó a Smiley fue Rupert Davies, de quien ya nadie se acuerda. Y sin embargo Davies, que también fue el Maigret que eligió Simenon para la serie de TV,  es el mejor Smiley, precisamente, porque nadie se acuerda de él.



domingo, 18 de septiembre de 2011

La Conversación

Entre las dos primeras partes de "El Padrino", Francis Ford Coppola produjo y dirigió "La conversación" inspirada, según propia confesión, en "Blow Up". La película es una perla, oculta tras el brillo de otras producciones más famosas del americano. No obstante ganó la palma de oro en Cannes en 1974. Yo recuerdo haberla visto varias veces por televisión, la  primera a mis catorce o quince años. La música fue compuesta antes de que se rodara la película, utilizando a veces sintetizadores para distorsionar ligeramente el sonido grabado del piano, convirtiendo así al compositor de la banda sonora (David Shire, por cierto cuñado de Coppola) en una especie de imitador de Harry Caul, el personaje de Hackman, también cazador y manipulador de sonido y aficionado al Jazz. Caul, solitario irredento no se sabe bien si a causa de su estrafalario trabajo o viceversa, toca en un varias ocasiones el saxofón durante la película, siempre solo en su casa, como en una especie de ritual para aislarse y protegerse de su amenazador entorno cotidiano. La escena final de la película, que no desvelaré, es el resumen perfecto, destilado, lógico, de la paranoica existecia de Harry Caul.
La hipnótica banda sonora  se me quedó grabada en la memoria, asociada a paisajes urbanos nocturnos,  a insomnio, a secretos inconfesables, y una vaga forma de introspección paranoide que la soledad noctámbula suele alimentar en mi a nada que me descuide.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Terapéutica del psicoanálisis

El verdadero, sutil efecto de su psicoanálisis se manifiestó cuando empezó a pensar que no le había servido de nada y que, después de tantos años, ya iba siendo hora de terminar con aquella carísima bufonada narcisista.

Y le puso fin.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Saturday Night Law

En el panteón del macarrismo Tony Manero ocupa un lugar de merecido privilegio. Después de hacer su entrada en la historia del cine en el 77 con un  paseo por Brooklyn a ritmo de Bee Gees (la, por siempre inmortal, "Staying alive", himno de la subtipología hortera del macarrismo), mirando con mesurada equidistacia de especialista el tacón de los zapatos y el culo de las tías, Manero establece un arquetipo que proyecta su sombra y su dominio sobre las discotecas y los fines de semana del planeta, de Moscú a Marsella por decirlo así. Miles de macarras (¿qué digo miles? ¡millones!) quieren ser Tony Manero y la película de Badham (que no es tan, tan mala) se convierte en un exitazo. El cuero y la laca, la camisa ajustada y abierta y de cuello alado, el pantalón aún más ajustado, marcando paquete, las sortijas y las cadenas con medalla, los zapatones puntiagudos, el bamboleo vacilante y vacilón, como de alguien que no puede estarse un segundo quieto, el hombre anti-tranquilo, presto siempre a iniciar la danza o la huida. Hay, bien es cierto, una tipología y una etología del macarra que sería fatigoso y un punto inapropiado detallar ahora. Bástenos constatar que quien esto escribe ha padecido algún que otro especimen de esta extendida fauna urbana de modo más o menos directo, y nunca ha podido dejar de admirarse de la sagaz forma que la naturaleza adopta en ocasiones para asegurar la perpetuación de las especies.
Porque el hecho desnudo de oropeles y teorías es que a todas las mujeres les gustan los macarras.
Puede que algunas no lo sepan todavía o que lo ignoren a conciencia, pero el macarra sí lo sabe -de hecho eso es lo único que sabe de cierto, el nucleo duro e indestructible de toda su energía macarrista- y armado de ese conocimiento esencial ejerce, implacable, la ley del sábado noche.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Jünger zum Einmarsch

Acaso mi Blog preferido sea "El aprendiz al sol" de José Antonio Montano. Como todo el mundo, descubrí a Montano entre los comentarios del viejo Nickjournal de Mister Sword. Entonces nadie sabía que era Montano, todos le conocían con el eufónico sobrenombre de "Atleta Sexual". Solo puedo decir que, como raramente sucede, sus textos estaban a la altura del pseudónimo y a menudo incluso lo superaban. Montano, que parece residir en un barrio algo apartado del centro en Málaga, anda últimamente leyendo diarios de escritores, vuelve una y otra vez a Montaigne, se mete con certera elegancia y con afecto con el siempre pagado de sí mismo Mr Sword y tiene una querencia tan conmovedora como paliza por todo lo brasileño. En fin, todo esto para decir que no hace mucho se produjo una extraña coincidencia a propósito de Jünger. Debe de ser la edad o lo que antes se llamaba "las circunstancias de la vida", pero el caso es que a mi también me da por volver regularmente a Jünger, probablemente con menos aprovechamiento que Montano. Esta no poco mortificadora constatación puedo suplirla, sin embargo, con el casi milagroso hecho de leerlo en alemán - al menos en algo le gano a Montano- y no en la solvente traducción del siniestro, pero muy profesional, Sánchez Pascual.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Falling in September

Te levantas a las 6:30 de un martes cualquiera para ir al trabajo. Pones la cafetera, un par de tostadas y enciendes la radio antes de entrar en la ducha. Luego desayunas en albornoz y con el pelo mojado, escuchando puerilidades y preguntándote si tu jefe tendrá un buen día y te dejará salir hoy un poco antes, porque quieres ir al cine con una amiga. Sales de casa 10 minutos antes para evitar la hora punta en el metro y las aglomeraciones, te gusta llegar un poco temprano al trabajo y disfrutar de los escasos minutos de calma antes de comenzar la jornada. A las 8:30 ya estás trabajando, metido de lleno en tu diminuta vida laboral de cada día, ocupándote de mesas y clientes en el penúltimo piso de un rascacielos en una ciudad importante. Eres un ciudadano anónimo más, un camarero al que nadie conoce ni conocerá nunca.

Apenas un cuarto de hora más tarde un avión de pasajeros se empotra contra el edificio.

No mucho después, desesperado y sin salida, sabiendo que lo único que resta es elegir entre dos muertes atroces, saltas al vacío desde más de 300 metros de altura.  

Un tipo llamado Drew, que es fotógrafo, toma una foto de tu caída. La foto da la vuelta al mundo y se convierte en el símbolo de algo, aunque no se sepa bien de qué. Puede que incluso sea arte.

Todo es exactamente tan absurdo como parece.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Léautaud


La foto de Cartier-Bresson muestra a un viejo enfurruñado vestido de personaje de Beckett. La voz del viejo, escuchada luego en youtube y leida en sus inabarcables diarios, no desmiente para nada esa primera impresión.
Caí por casualidad en Léautaud en una de las paradas de libros de la Rue des Hallebardes en Estrasburgo. Vi el lomo azul de un "Mercure de France" de título misterioso y me puse a ojearlo. Se llamaba "Le Fléau: Journal particulier 1917/1930" y era un diario íntimo y algo desconcertante que me resultó en seguida familiar. Familiar por el tema -había episodios humillantes, grotescos, hilarantes y hasta sórdidos que parecían sacados de mi propia vida- y por el tono, ese equilibrio tan ajustado y tan francés entre Logos y Eros en el que tanto me reconozco.
El libro me contempla ahora, años después, a poca distancia de donde escribo esto. Luego he ido sabiendo cosas del personaje y, como era previsible, el retrato de Cartier-Bresson le hace justicia.
He buscado también una foto de Anne Cayssac, claro.
Sin resultado. (Pero no desfallezco)