sábado, 5 de enero de 2013

La entrevista a Hermida

 Yo, como la mayoría de españoles, no tengo nada que hacer. Por eso y algunas otras cosas más, me paré el viernes pasado delante de la televisión para ver la entrevista que le hicieron a Hermida en lo que parecía el despacho de su casa. Hermida, con eso que se ha dado en llamar su “inconfundible estilo”, no solo salió airoso del envenenado envite sino que vino a darnos la razón a todos aquellos que siempre lo hemos tenido por un referente, un faro de la España de hoy, de ayer y de siempre. Sus respuestas circunspectas y bien trabadas, sus argumentaciones, la deferencia casi obsequiosa con la que trataba a su entrevistador, haciendo que éste apareciera a los ojos de un espectador poco atento más importante que el entrevistado en ocasiones su, en definitiva, “savoir faire”, le han catapultado con todo merecimiento hacia la gloria plasmática y catódica. Esa entrevista quedará como una referente en la memoria de todos los que tuvimos la suerte de poder seguirla en directo y pondrá de una vez y para siempre en su sitio a todos aquellos que, por envidia o motivos aún más espurios, le han venido criticando desde que decidió alejarse de la luz de los focos. Es cierto, ¿para qué negarlo?, que Hermida tiende al engolamiento y a una cierta afectación en su retórica y también es de justicia admitir que tratar al entrevistador de “vuestra majestad” no deja de ser una hipérbole galante más propia de otros tiempos, pero en su dominio de la escena Hermida puede permitirse lo que, en boca de otros, no dejaría de ser una extrema ridiculez. En él no, él siempre da la talla, ya sea narrando los paseos de Amstrong por la luna, las noticias del telediario nocturno o las ocurrencias más disparatadas de los neoyorquinos. Hermida nunca nos defrauda. Lo que no logro recordar es el nombre del periodista que le entrevistaba.