En un sanatorio o casa de reposo (¿hospital?), todos se ocupan de mi, pero de un modo que me parece cada vez más inadecuado. Hay una hilera de coloreadas pastillas numeradas cerca de mi mesilla, que debo tomar progresivamente, a medida que suenen una especie de campanadas. Las enfermeras vigilan cada poco tiempo que, en efecto, cumplo con lo acordado y me tomo las pastillas. Me parece un procedimiento absurdo e inocuo, pero lo acato más por fatiga o pereza que por convicción, de algún modo sé que tratar de modificarlo va a meterme en líos. Una de las enfermeras que viene a verificar las tomas es Lu. Tengo aún la imagen de su blanca bata traslúcida a contraluz. No parece sorprendida, más bien me sonríe con una complicidad que me desconcierta. Se pone el dedo sobre los labios, haciéndome la universal señal de silencio. Y, sin mediar una palabra, pausadamente, me besa con una turbadora pericia de adolescente.
Me he despertado preguntándome (¡otra vez!) si no me estaré volviendo majareta.

