martes, 26 de abril de 2011

Lu


En un sanatorio o casa de reposo (¿hospital?), todos se ocupan de mi, pero de un modo que me parece cada vez más inadecuado. Hay una hilera de coloreadas pastillas numeradas cerca de mi mesilla, que debo tomar progresivamente, a medida que suenen una especie de campanadas. Las enfermeras vigilan cada poco tiempo que, en efecto, cumplo con lo acordado y me tomo las pastillas. Me parece un procedimiento absurdo e inocuo, pero lo acato más por fatiga o pereza que por convicción, de algún modo sé que tratar de modificarlo va a meterme en líos. Una de las enfermeras que viene a verificar las tomas es Lu. Tengo aún la imagen de su blanca bata traslúcida a contraluz. No parece sorprendida, más bien me sonríe con una complicidad que me desconcierta. Se pone el dedo sobre los labios, haciéndome la universal señal de silencio. Y, sin mediar una palabra, pausadamente, me besa con una turbadora pericia de adolescente.
Me he despertado preguntándome (¡otra vez!) si no me estaré volviendo majareta.

lunes, 25 de abril de 2011

Nocturno


Pienso ahora en todas la noches que me quedan. El insomnio, que no es más que el miedo a dormirse y éste, el miedo a morirse, viene de esa parte de mi que tanto me aterra y me empozoña, es puro Tánatos. Angustia de la angustia, miedo al miedo. La lectura y los morosos campesinos de Vuelta Abajo suelen mitigar el daño, pero no es suficiente; la vida sigue estando en otra parte y, naturalmente, me falta alguien. Hay otra vez que capear la noche sin conocer el rumbo, esperando el alba como una promesa de bonanza, una promesa siempre y otra vez siempre aplazada. Siempre y otra vez siempre.

miércoles, 13 de abril de 2011

Leona herida


De todos los dolores ajenos, el de los animales y el de los niños es el que más nos perturba. Ni ellos ni nosotros podemos aprehenderlo. Ni siquiera como absurdo.

No sé dónde la vi por primera vez, pero debió ser en un viejo Summa Artis en el colegio. Mi inconsciente de niño lo entendió en seguida mejor que yo. Yo, quienquiera que fuera, quienquiera que sea. Por eso su imagen quedó inmeditamente grabada. Hace pocos años la vi en el British Museum, tal y como es desde hace siglos, desde que un artista anónimo la ofertó a Asurbanipal, el rey en su palacio de Nínive; hasta que, más de dos mil años después, Layard la exhumó para mi. Me sorprendió su pequeño tamaño, apenas unos centímetros. Sin tener ningún motivo para ello, la había imaginado mucho más grande, casi de tamaño natural. De algún modo me tranquilizaba pensarla así. Creo que veo en ella un recuerdo y un aviso. Algo que me llama y que me advierte. No pregunten por qué o de qué. No pienso contestar.

domingo, 3 de abril de 2011

Vor dem Frühling


El árbol ya tiene de nuevo sus hojas puestas, hoy me he dado cuenta por primera vez este año. En este país de clima tan inhóspito, el modesto anuncio de la primavera me produce una sensación de triunfo casi física. La llegada cíclica de la primavera, la muerte y la resurrección de los salvadores, Osiris, Krishna, Mithra... y el nuestro. Todo una busca del orden que ese ritmo cósmico parece sugerir y que se nos hurta. "Cosmos" significa orden, de ahí la palabra "cosmética". Pero la cosmética no solo embellece y ordena, también oculta. Bajo el cosmos anida el caos, como el monte Olympo hunde sus raices en el Orco.
Ayer, por puro aburrimiento, busqué la letra del "Gaudemaus igitur", que hube de cantar una vez afanosamente en mi adolescencia. En el último verso de la primera estrofa, tras alegrarse de ser jóvenes y lamentarse de que la vejez nos aguarda, los estudiantes cantan que al final de todo, nos queda la tierra, el bello y austero "humus" del latín. "Nos habebit humus".
Yo siempre canté "nos habebit Deum".
Hay que joderse, en eso también nos engañaban.