
De todos los dolores ajenos, el de los animales y el de los niños es el que más nos perturba. Ni ellos ni nosotros podemos aprehenderlo. Ni siquiera como absurdo.
No sé dónde la vi por primera vez, pero debió ser en un viejo Summa Artis en el colegio. Mi inconsciente de niño lo entendió en seguida mejor que yo. Yo, quienquiera que fuera, quienquiera que sea. Por eso su imagen quedó inmeditamente grabada. Hace pocos años la vi en el British Museum, tal y como es desde hace siglos, desde que un artista anónimo la ofertó a Asurbanipal, el rey en su palacio de Nínive; hasta que, más de dos mil años después, Layard la exhumó para mi. Me sorprendió su pequeño tamaño, apenas unos centímetros. Sin tener ningún motivo para ello, la había imaginado mucho más grande, casi de tamaño natural. De algún modo me tranquilizaba pensarla así. Creo que veo en ella un recuerdo y un aviso. Algo que me llama y que me advierte. No pregunten por qué o de qué. No pienso contestar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario