
Pienso ahora en todas la noches que me quedan. El insomnio, que no es más que el miedo a dormirse y éste, el miedo a morirse, viene de esa parte de mi que tanto me aterra y me empozoña, es puro Tánatos. Angustia de la angustia, miedo al miedo. La lectura y los morosos campesinos de Vuelta Abajo suelen mitigar el daño, pero no es suficiente; la vida sigue estando en otra parte y, naturalmente, me falta alguien. Hay otra vez que capear la noche sin conocer el rumbo, esperando el alba como una promesa de bonanza, una promesa siempre y otra vez siempre aplazada. Siempre y otra vez siempre.
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