jueves, 15 de septiembre de 2011

Saturday Night Law

En el panteón del macarrismo Tony Manero ocupa un lugar de merecido privilegio. Después de hacer su entrada en la historia del cine en el 77 con un  paseo por Brooklyn a ritmo de Bee Gees (la, por siempre inmortal, "Staying alive", himno de la subtipología hortera del macarrismo), mirando con mesurada equidistacia de especialista el tacón de los zapatos y el culo de las tías, Manero establece un arquetipo que proyecta su sombra y su dominio sobre las discotecas y los fines de semana del planeta, de Moscú a Marsella por decirlo así. Miles de macarras (¿qué digo miles? ¡millones!) quieren ser Tony Manero y la película de Badham (que no es tan, tan mala) se convierte en un exitazo. El cuero y la laca, la camisa ajustada y abierta y de cuello alado, el pantalón aún más ajustado, marcando paquete, las sortijas y las cadenas con medalla, los zapatones puntiagudos, el bamboleo vacilante y vacilón, como de alguien que no puede estarse un segundo quieto, el hombre anti-tranquilo, presto siempre a iniciar la danza o la huida. Hay, bien es cierto, una tipología y una etología del macarra que sería fatigoso y un punto inapropiado detallar ahora. Bástenos constatar que quien esto escribe ha padecido algún que otro especimen de esta extendida fauna urbana de modo más o menos directo, y nunca ha podido dejar de admirarse de la sagaz forma que la naturaleza adopta en ocasiones para asegurar la perpetuación de las especies.
Porque el hecho desnudo de oropeles y teorías es que a todas las mujeres les gustan los macarras.
Puede que algunas no lo sepan todavía o que lo ignoren a conciencia, pero el macarra sí lo sabe -de hecho eso es lo único que sabe de cierto, el nucleo duro e indestructible de toda su energía macarrista- y armado de ese conocimiento esencial ejerce, implacable, la ley del sábado noche.

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