En el panteón del macarrismo Tony Manero ocupa un lugar de merecido privilegio. Después de hacer su entrada en la historia del cine en el 77 con un paseo por Brooklyn a ritmo de Bee Gees (la, por siempre inmortal, "Staying alive", himno de la subtipología hortera del macarrismo), mirando con mesurada equidistacia de especialista el tacón de los zapatos y el culo de las tías, Manero establece un arquetipo que proyecta su sombra y su dominio sobre las discotecas y los fines de semana del planeta, de Moscú a Marsella por decirlo así. Miles de macarras (¿qué digo miles? ¡millones!) quieren ser Tony Manero y la película de Badham (que no es tan, tan mala) se convierte en un exitazo. El cuero y la laca, la camisa ajustada y abierta y de cuello alado, el pantalón aún más ajustado, marcando paquete, las sortijas y las cadenas con medalla, los zapatones puntiagudos, el bamboleo vacilante y vacilón, como de alguien que no puede estarse un segundo quieto, el hombre anti-tranquilo, presto siempre a iniciar la danza o la huida. Hay, bien es cierto, una tipología y una etología del macarra que sería fatigoso y un punto inapropiado detallar ahora. Bástenos constatar que quien esto escribe ha padecido algún que otro especimen de esta extendida fauna urbana de modo más o menos directo, y nunca ha podido dejar de admirarse de la sagaz forma que la naturaleza adopta en ocasiones para asegurar la perpetuación de las especies.
Porque el hecho desnudo de oropeles y teorías es que a todas las mujeres les gustan los macarras.
Puede que algunas no lo sepan todavía o que lo ignoren a conciencia, pero el macarra sí lo sabe -de hecho eso es lo único que sabe de cierto, el nucleo duro e indestructible de toda su energía macarrista- y armado de ese conocimiento esencial ejerce, implacable, la ley del sábado noche.
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