Encontré el libro por pura casualidad, entre las pilas desmadejadas de un mercadillo. Por entonces ya formaba parte de la legión incondicional de sus admiradores. Luego el tiempo y los amargos detalles sobre él que han ido conociéndose pusieron las cosas en su sitio. Sin embargo siempre resta un vínculo secreto con el niño que no pudo crecer, atrapado en el cuerpo de un adulto al que todos, de uno u otro modo, considerábamos un monstruo. Nunca fue Robert James, siempre -para siempre- fue Bobby.
La leyenda dice que me crucé con él en la estación central de Fráncfort, a principios de los 90, cuando vivía en Alemania y -lo supe años más tarde- se entrevistó con Leontxo García. Pero no deja de ser una leyenda, algo imposible de verificar. Sin embargo esta mañana, al cumplirse el segundo aniversario de su muerte abandonado en Islandia a su suerte de monstruo, me he conmovido leyendo sus últimas palabras. La certidumbre última del solitario.
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