
La otra noche el insomnio o el miedo impreciso al sueño me pusieron delante del televisor como supongo que debe ponerse el alcohólico frente a la botella, dispuesto a olvidarse de sí mismo al precio que sea. La rueda de la fortuna, transmutada en mando a distancia, me obsequió con un documental sobre Marilyn Monroe titulado"Marilyn, derniéres séances". Yo ya sabía -mejor, algo en mí ya sabía pero yo lo había olvidado- que Marilyn tenía un psicoanalista y que la relación con él fue bastante conflictiva, pero no conocía los detalles. El documental era, justamente, sobre los detalles.
El principal de los detalles se llama Ralph Greenson y es su psicoanalista, además del psicoanalista de otros actores famosos. Da la impresión de ser un tipo de cuidado que quería acostarse con su paciente. En eso el afamado psicoanalista se parecía mucho al taxista o al quiosquero de la esquina y al 99% de los varones heterosexuales que poblaban el planeta a principio de los años 60 del pasado siglo. No queda claro si lo hizo o no, pero sí queda claro que para Marilyn no hubiera representado ningún problema y que ese era precisamente uno de los rasgos de su conducta que la estaban destruyendo. El psicoanalista grababa las sesiones y son esas cintas las que han salido ahora a la luz en forma de libro y, luego, de documental.
Ni pude dejar de verlo hasta el final, ni pude tampoco luego volver a dormirme. El amanecer, tradicional heraldo de esperanzas, me sorprendió tumbado en el sofa, en pijama, rumiando funestos presagios
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