-¿Dónde te habías metido? - me espetó como saludo.
-He salido por la otra puerta. Te he encontrado enseguida. ¿Por qué no has contestado al móvil?
-Lo llevo casi siempre desconectado.
Mi padre olvida la contraseña del móvil y luego no puede volver a encenderlo. Suele escribirla en un papel, pero también suele perder el papel.
En el viaje hasta casa apenas si dijimos alguna cosa. Cometió tres imprudencias, una de ellas grave, pero realmente no debería juzgarlo yo. No tengo carnet de conducir.
Al entrar en el parking me di cuenta de que del techo caía agua y se estaba formando un charco en el suelo. Para evitar problemas hice como si no lo hubiera visto.
Mi madre estaba en la puerta para darme la bienvenida.
-Hola hijo- dijo al verme, y me dio un beso.
A veces la consciencia del paso del tiempo nos asalta de golpe. A mi me sucedió viendo el rostro de mi madre, sobrepuesto a los otros rostros que tuvo y que solo con mucho esfuerzo podría ya recordar. Los rostros viejos se fijan en nuestra memoria, mientras que los jóvenes tienen algo de pasajero que anuncia su decadencia, llevan al gusano dentro. La vejez tiene algo definitivo, irrefutable.
Fiel a su estilo, me preguntó si había comido en el avión y, sin darme tiempo a contestarle, fue a la cocina a buscar un plato de embutido que puso acto seguido sobre la mesa. Las palabras sobraban, así que hizo un gesto para indicarnos lo que esperaba de nosotros. Mi padre parecía de un humor de perros y probablemente lo estaba, pero eso no era ninguna noticia. Se sentó y empezó a comer con la desganada parsimonia de un quelonio.
Yo comenzaba a estresarme y trataba de combatir la pregunta que empezaba otra vez a formarse en mi cabeza, ¿cómo habíamos llegado a esto? Lo que más temía era que de un momento a otro encendieran la televisión.
-¿Es que tú no comes nada? - preguntó mi padre mientras mascaba una rodaja de chorizo.
- Ya me han dado en el avión y no tengo hambre - dije yo mirando al infinito. Dije “ya me han dado”. Yo en casa hablo así y no tengo idea de por qué.
La verdad era que me moría de ganas de probar el chorizo. Pero por alguna razón no quería dar mi brazo a torcer. Mi padre me miró con cara que de no entender nada y siguió masticando. Tampoco daba la impresión de querer entender algo.
Mi madre anunció su regreso con un “¿no te gusta el choricillo? Pues es del pueblo” bastante previsible. Ser del pueblo fue siempre en casa una categoría epistemológica que no requería mayores explicaciones, una especie de acuerdo tácito de excelencia. Sobre todo excelencia gastronómica. En el pueblo si que saben vivir bien. Supongo que por eso se vinieron ellos de allí a finales de los cincuenta. Estaban hartos de vivir bien.
Tras las atemperadas efusiones de la bienvenida, quedó otra vez claro que no teníamos nada que decirnos. Para olvidar esta obviedad, mi madre sacó más comida y mi padre, como me temía, encendió el televisor. Yo me dispuse a deshacer la maleta y me atrincheré en mi cuarto. Aún con la puerta cerrada, podían oírse las risas y los aplausos en lata de las emisiones preferidas de mi padre. Confuso, irritado, tomé al azar un periódico atrasado y eché un vistazo dentro. Leí esto: “Desmantelada un rifa que invocaba al Espíritu Santo para probar suerte. Madrid. Agencias. Agentes de la sección de control de juegos de azar han decomisado en Madrid 500.000 “cromos antológicos” de una denominada “quiniela cultural”, en el domicilio de José Alfonso Castilla-Trastamara y duque de Estrada, de 79 años. Castilla-Trastamara definió el sorteo como “procedimiento evangélico y apostólico, perfecto y justo e inefablemente apropiadísimo y seguro de Pentecostés. El procedimiento de la suerte, previa invocación de Espíritu Santo Paráclito, utilizando como base las cifras interesadas de los propios sorteos de la Lotería Nacional que, rectamente combinadas, nos darán, de fijo, nuestros propios números…” El presunto estafador no explicó a la policía de manera concreta el medio, forma y procedimiento de sorteo ni el de cobro por los clientes. Cada cromo iba a costar 2€. Por lo intervenido, la cuantía total de la estafa hubiera alcanzado la cifra de…” dejé el periódico sobre la cama. ¿Qué hora era? Estaba empezando a perder la noción del tiempo. Tenía que salir a la calle.(...)"
"Las flores del almendro" de Ambrosio Fúnez Endívil (2004)
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