
La
nieve se derrama sobre los tejados y las aceras con esa parsimonia que la
naturaleza reserva para lo inevitable. No puede hacerse nada, solo confiar en
que la cosa te atrape en las mejores condiciones y puedas percibirlo,
básicamente, como una experiencia estética. Es mi caso, naturalmente, y no
estoy solo. Conmigo se encuentra toda la sociedad occidental que, salvo mala
suerte, suele contemplar las nevadas como un espectáculo servido de balde por
la naturaleza. En otras latitudes la cosa es más complicada, pero desde mi
ventana, tras el vaho del cristal, con una taza de Glühwein en la mano y Anner
Bylsma sonando en el aire, todo parece una especie de milagro. La nieve como
metáfora de una utopía de perfección inalcanzable, luminosa, evanescente. La
nieve, que mañana se convertirá en un barrizal impracticable, repleto de
peligros para viandantes y ciclistas, metáfora, ahora sí, más precisa, de lo
que nos acecha bajo la idealizada belleza de la utopía.
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