Yo que soy el que ahora está cantando
Seré mañana el misterioso, el muerto,
El morador de un mágico y desierto
Orbe sin antes ni después ni cuándo.
Así afirma la mística. Me creo
Indigno del Infierno o de la Gloria,
Pero nada predigo. Nuestra historia
Cambia como las formas de Proteo.
¿Qué errante laberinto, qué blancura
Ciega de resplandor será mi suerte,
Cuando me entregue el fin de esta aventura
La curiosa experiencia de la muerte?
Quiero beber su cristalino Olvido,
Ser para siempre; pero no haber sido.
de "El otro, el mismo" (Buenos Aires, 1964)
"Nueva antología personal", publicada en una editorial que ya no existe y comprada en un kiosko de barrio la primavera de 1980, en mi fantasmal adolescencia. Recuerdo la disonancia entre la foto del viejo feo y sonriente de la portada, cuyo rostro parecía pensado para disuadir al comprador, y los luminosos textos que las hojas custodiaban. Mi memoria atesora todavía algunos de los versos leídos por aquel adolescente desnortado y medroso que desconcertaba a los adultos con una impostada suficiencia (que todavía cultivo a mi pesar), fruto del miedo a ser descubierto, como supongo que son todas las suficiencias. Luego de ese Borges casual de kiosko, vinieron otros, ya buscados, en librerías de viejo. Muy pronto me hice con una flamante edición de su "Obra poética", que alcanza sólo hasta 1977. Luego los ensayos y los relatos y el último hallazgo, el Borges oral, el de las nueve noches, el Borges más genuino y misterioso, lograda ya la victoria sobre la timidez enfermiza. Borges como brújula de salida de una infancia que se estaba prolongando más de la cuenta, porque el niño ya sabía con certeza lo que le esperaba fuera. Pienso (ya lo he pensado) que a Borges le hubiese gustado la idea de revelarse en un kiosko de la periferia, una de las formas del arrabal. Pienso (ya lo he pensado) que es también él quien me señaló la eufonía de la palabra "urdimbre".
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