Javier Marías publicó hace unas semanas un artículo en el que trataba de poner algo de orden en el "récit" del caso DSK. "La historia doblemente increible", publicado el 12 de junio, señalaba desde la perspectiva del literato la inconsistencia de la historia, publicada sin mayor problema por las mayoría de los medios. A Marías le interesaba la verosimilitud del relato y en las escasas líneas de su culumna dejaba claro que lo narrado no era nada verosimil, no se tenía en pie. Lo "noticiable" había barrido no ya a la verdad o falsedad de lo narrado, sino incluso a su verosimilitud. Bastaba detenerse con un mínimo de detalle en los hechos transmitidos por los medios, para darse cuenta de que nada encajaba. Pero ni eso se hizo. El artículo de Marías fue el primero que leí donde no se trataba de estar "a favor" o " en contra" del acusado sino, simplemente, de estructurar una relato coherente y verosimil de lo sucedido. De la mayor o menor imposibilidad de lograrlo depende la credibilidad del que cuenta la historia y, sobre todo, la credibilidad de la histoira misma. Un buen escritor sabe eso de sobra, por eso a Marías le había llamado la atención un argumento tan inconsistente.
Ayer liberaron a DSK. Habrá ahora "mea culpas" y palinodias, reclamaciones a los medios y a la justicia, demandas y querellas variopintas. El culpable es ahora inocente y los bandos se han trocado. Seguirá habiendo quién considere la nueva situación injusta, DSK era antes la víctima de una obscura conspiración, ahora un millonario poderoso que compra el silencio (¡o la locuacidad!) de su víctima con su falange de abogados, o bien antes era un ejemplo perfecto del engrasado funcionamiento de las intituciones americanas, que no hacen distingos entre clases sociales o grupos de presión, y ahora una víctima de la arbitrariedad judicial o del abuso de poder de un fiscal del distrito.
Pero lo más llamativo es la cuestión de la verdad. Es decir ¿qué ha pasado "de verdad"? Pues bien, ya no podremos saberlo. Seguirá el bombardeo de noticias sobre el caso, pero a una afirmación seguirá un desmetido y a éste otra réplica más o menos sólida, y todo ello traerá como consecuencia que nunca sepamos qué ha sucedido realmente e incluso si un día acaba por fijarse una "versión definitiva" de los hechos, esta quedará siempre un poco en suspenso, puesto que nunca podrá descartarse del todo "nuevas revelaciones" que arrojen "una nueva luz" sobre el asunto.
Nunca antes hemos tenido tanto acceso a la información, una inmediatez tan definitiva acerca de lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, y tampoco nunca antes han sido las informaciones menos fiables o fidedignas. Separar la propaganda de la manipulación o, simplemente, del error, resulta imposible para el ciudadano medio quien, además, lo asume como inevitable o "normal". No dejan de contarnos lo que está pasando y sin embargo nadie sabe lo que pasa. Señalemos algo obvio: muy pocas veces podemos comentar lo que pasa, a lo sumo, comentamos lo que alguien nos dice que pasa. Los hechos y las opiniones se confunden en nuestra cabeza y, lo que es mucho peor, fuera de ella. Y de ese escándalo, nadie se queja. Sin periodismo de calidad no hay libertad ni posibilidad de un mínimo juicio o valoración de lo que ocurre. Sin eso, llamar "información" a lo que con tanta generosidad se nos ofrece es, en el mejor de los casos, un sarcasmo.
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