Salgo a cenar y mientras los luteranos del norte van abandonando las mesas a medida que nos adentramos en la noche, mi nature y mi nurture permanecen impertérritas y fieles, bebiendo grappa y fumándose el habano hasta la perilla. El local me trae algunos recuerdos que la grappa añeja devuelve al baúl, pero tienen unos precios y un horno de leña de los de antes, y la más simple de las masas de pizza sabe a cuando entonces. Así que sigo viniendo de tarde en tarde pese a los fantasmas. Nos vamos quedando solos y veo que alguien está detrás del horno con algo que parece un pincel en la mano.
Hice una serie de fotos sin el menor rubor ni la menor pregunta y no hubo problema. Es la primera vez en mi vida que he visto pintar al fresco. Lo pintado no era gran cosa, pero ver el cuidado que, con tan poca luz, ponía el pintor en cada trazo, sumido en el irreal ambiente de una Trattoría medio vacía a medianoche, fue algo de lo más inusual, como si todos representáramos sin saberlo una tragicomedia más grande que nosotros.
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