
El olor a rancio ya en la puerta del vestíbulo o en la cocina, la ropa amontonada en armarios repletos, los libros, apilados con abandono en lugares inverosímiles, o en estanterías hechas a medida en madera de mala calidad, el ruido, el peremne ruido de la carretera infame, incrustado en los tímpanos desde la infancia, del que me fui liberando minuciosamente también al emigrar, el televisor, incesante divinidad maligna, emitiendo sin pausa desde su altar mefítico, fagocitando espíritu como un agujero negro para las almas. La deprimente tristeza, tan neurótica, que todo lo impregna con una sensación viscosa de fracaso y abandono y desolada impotencia. La impresión física de encontrarse exactamente en medio de un naufragio. Bienvenido seas, de nuevo estás en la casa del padre.
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