Debería haber una divinidad o, en su defecto, un santo que se ocupara de los propósitos maltrechos, de las esperanzas fallidas, de los fracasos existenciales. Al menos él (o ella) nos daría consuelo. La única, enorme ventaja, de querer empezar a escribir a mi provecta edad, es que ya queda claro que, sea cual sea el obscuro motivo que nos mueva a hacerlo, no puede tratarse ni del dinero, ni de la fama, ni de la gloria, y que probablemente se trate de algo desesperadamente mundano.
Como por azar leo hoy ese romance de Alberti que empieza “Madrid corazón de España / late con pulsos de fiebre…” Alberti, hoy, nuevamente, en el ojo de la polémica. Esa época tan poco honorable, tan traicioneramente heroica. Alberti y su miseria moral y, de rebote, la nuestra.
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