He incurrido hace poco tiempo en una nueva adicción. Se trata de la serie "El ala oeste", que emitió la NBC entre septiembre del 99 y mayo del 2006. El "creador", Aaron Sorkin, es el responsable de la idea, aunque los guiones originales se los reparten una treintena de nombres, que me son absolutamemnte desconocidos. La serie vive de una ficción original y compleja: el nuevo presidente de los Estados Unidos, Jed Bartlet, acaba de tomar posesión de su cargo y nosotros asistimos desde dentro a todo lo que ese inmenso poder comporta, al despliegue de su carisma de padre autoritario pero comprensivo y siempre agudo e inteligente (¡es premio nobel de economía!) y vamos conociendo a quienes componen el nucleo duro de su equipo de gobierno, hombres y mujeres en la sombra que le asesoran y en quienes se apoya para tomar las decisiones. La cosa tiene un tufillo propagandístico considerable, y no puede dejar de caer en las típicas trampas sentimentaloides, pero la verdad es que, al mismo tiempo, el personaje de Bartlet - interpretado con contenida maestría por Martin Sheen - resulta con cada episodio un poco más creíble y, al final, acaba por resultar convicente. Además toda la serie está impregnada de un humor caústico y de una ironía con diversos grados de sutileza que resultan muy adecuados para la imagen que uno, modestamente, se hace de los pasillos de la Casa Blanca y el Capitolio. Si las cosas no son así, la serie logra que parezca que lo sean. Todo eso pensaba la otra noche, al irme a la cama tardísimo, tras haber visto el sexto capítulo de la primera temporada. Y luego pensé en los Bush. Los judíos de Hollywood y la familia Bush. y el inmenso daño que la serie debió de hacer a su imagen y, por ende, a su presidencia. Bush, sobre todo el hijo, pero también el padre, es el anti-Bartlet. Los Bush, de quienes se hacía el chiste de llamarlos "Bush, the bad, and Bush, the worst", para diferenciarlos. Los Bush, petroleros tejanos con aire de paletos y el carisma de un poste de telégrafos (si es que todavía existen). Durante una buena parte de su mandato, entre 2001 y 2009, G.W. Bush tuvo que soportar en la televisión a un presidente que era su antítesis y cuya sombra ficticia le dejaba continuamente en evidencia.
lunes, 30 de mayo de 2011
Jed Bartlet
He incurrido hace poco tiempo en una nueva adicción. Se trata de la serie "El ala oeste", que emitió la NBC entre septiembre del 99 y mayo del 2006. El "creador", Aaron Sorkin, es el responsable de la idea, aunque los guiones originales se los reparten una treintena de nombres, que me son absolutamemnte desconocidos. La serie vive de una ficción original y compleja: el nuevo presidente de los Estados Unidos, Jed Bartlet, acaba de tomar posesión de su cargo y nosotros asistimos desde dentro a todo lo que ese inmenso poder comporta, al despliegue de su carisma de padre autoritario pero comprensivo y siempre agudo e inteligente (¡es premio nobel de economía!) y vamos conociendo a quienes componen el nucleo duro de su equipo de gobierno, hombres y mujeres en la sombra que le asesoran y en quienes se apoya para tomar las decisiones. La cosa tiene un tufillo propagandístico considerable, y no puede dejar de caer en las típicas trampas sentimentaloides, pero la verdad es que, al mismo tiempo, el personaje de Bartlet - interpretado con contenida maestría por Martin Sheen - resulta con cada episodio un poco más creíble y, al final, acaba por resultar convicente. Además toda la serie está impregnada de un humor caústico y de una ironía con diversos grados de sutileza que resultan muy adecuados para la imagen que uno, modestamente, se hace de los pasillos de la Casa Blanca y el Capitolio. Si las cosas no son así, la serie logra que parezca que lo sean. Todo eso pensaba la otra noche, al irme a la cama tardísimo, tras haber visto el sexto capítulo de la primera temporada. Y luego pensé en los Bush. Los judíos de Hollywood y la familia Bush. y el inmenso daño que la serie debió de hacer a su imagen y, por ende, a su presidencia. Bush, sobre todo el hijo, pero también el padre, es el anti-Bartlet. Los Bush, de quienes se hacía el chiste de llamarlos "Bush, the bad, and Bush, the worst", para diferenciarlos. Los Bush, petroleros tejanos con aire de paletos y el carisma de un poste de telégrafos (si es que todavía existen). Durante una buena parte de su mandato, entre 2001 y 2009, G.W. Bush tuvo que soportar en la televisión a un presidente que era su antítesis y cuya sombra ficticia le dejaba continuamente en evidencia.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario